Simpatía por el Demonio

Siento una enorme atracción por las familias numerosas. Por las series de familias numerosas. Esas en las que los hermanos se cuentan con muchos dedos de las manos, y las ex, los suegros, los cuñados, los hijos y abuelos hacen que necesitemos un árbol genealógico para intentar comprender un entramado que a menudo se escapa entre escena y escena. Allí está la serie que me hizo adicto a las series, Six Feet Under, para demostrarme que fácil soy de conquistar por los elencos repletos de vínculos filiales. A menudo también, y esto es algo en lo que no me siento un solitario, simpatizamos más con los villanos que con los héroes. Entonces imaginaran la fiesta que supone para mí una serie repleta de familiares en las que todos – todos – son unos reverendos cabrones.

Ya está aclarado, no puedo ser objetivo. Successión me conquistó desde el primer capítulo con la historia de esta familia poderosa de Manhattan, dueña de uno de los conglomerados más grandes de medios de comunicación, parques de atracciones, y numerosos negocios vinculados con el poder y con el dinero; y repleta de víboras, ratas, cocodrilos, cuervos, y cualquier animal que uno pueda imaginar y vincular con lo más miserable y asqueroso del ser humano. La familia Roy está sufriendo el deterioro físico y psíquico de su patriarca, Logan (excelente, enorme, impresionante Brian Cox), y las consecuencias que esto puede traer en su acomodado nivel de vida y, en lo que es más importante, la posición de cada hermano, familiar y empleado en la pirámide de poder familiar. Sin duda ninguno de sus hijos puede manejar el poder como lo hace Logan, sin embargo, Kendall es quien en los papeles está preparado, y ansioso, por cargar con el poder que Logan dejará. Kendall, es un adicto en recuperación al que la sombra de su padre nunca abandonó y que es ninguneado por éste durante toda la temporada. Que has logrado en la vida que yo no te haya dado, le dirá Logan a Kendall para dejar en claro que no está a la altura de tamaño padre, y eso que el patriarca aclara que es su hijo preferido. Al resto, a la magnética y manipuladora Shiv le dirá, por ejemplo, que es una cobarde se casa con un hombre inferior por que le teme al fracaso, delante de toda su familia y del inferior que será su marido. Y es que ésta es la manera en que Logan ejerce el poder, sobre su familia o sobre el mismísimo presidente de los Estados Unidos. Sobre sus otros dos hijos la presión será distinta, no los considera a la altura. Roman – el más pequeño, maravilloso papel para Kieran Culkin, el hermano de Macaulin – es sólo un bufón perverso dispuesto a jugar con el dinero y el poder como jugaría el acertijo si usara traje y corbata, y Connor, el hijo mayor,  fluctúa entre el hazmerreír de la familia y la vergüenza de un ser estúpido y superfluo que un día graba podcast sobre “temas importantes relacionados con la ecología” mientras al día siguiente quiere ser el nuevo presidente de los Estados Unidos, mientras llora y patalea por que la manteca de la fiesta que organiza esta congelada.

Y solo estoy hablando de un ramillete de los personajes principales de esta historia que incluyen un primo estúpido que despuntará en alguien importante y será el punto de entrada para un espectador que no puede empatizar con ninguno de estos seres horribles. La madrastra, la madre y ex esposa de Logan, la asesora legal, el mejor amigo del padre, los novios y amantes de cada uno de los hermanos, y así, la serie se puede abrir para tantos lados que podríamos estar viendo Succession por años sin perder la magia del cuento de brujas que cuenta. Y sobre esto quiero detenerme: la serie, sin dejar en ningún momento de ser divertida, abre tanto el espectro que uno nunca sabe de qué puede ser capaz. A veces este festín de tiburones perfila a transformarse en una Game of Thrones donde la sangre – eso sí, corporativa – se cobrará más de una víctima, o rozar el mejor melodrama para descender a los abismos de la miseria humana. Sorprendente, de diálogos corrosivos y personajes creados al milímetro, Succesion se transforma en una apuesta de televisión inteligente. Sobre la base un aparente drama familiar, es más política que muchas de aquellas que aspiran a convertirse en la próxima House of Cards – aunque muy superior a esta -, tan adictiva como el mejor thriller, del que a veces bebe como en el sorpresivo episodio final, y mucho más corrosiva que la mejor comedia de humor negro, de la que también hace gala en más de una ocasión.