Hablar de cine francés es como hablar de vino: siempre pensamos que lo conocemos lo suficiente, y la gran mayoría de las veces nos equivocamos. Esto es así porque casi siempre ver cine francés – y tomar vino – tiene que ver con una experiencia. Rápidamente, una gran cantidad de personas podría asociar el cine francés (o el cine europeo) a un cine aburrido, chato, largo, y dirigido a ciertos públicos/espectadores. Pero siempre se encuentran perlitas que descolocan esos pensamientos y por suerte hacen repensar esos esquemas que tenemos, tanto de “ese” cine, como de ciertos géneros, de ciertas directoras y directores, artistas, etc.

Revenge es la ópera prima de Coralie Fargeat que estrenada en Sitges 2017 (sin distribución comercial en Argentina) viene a ser el ejemplo de ese cine que no encaja con el imaginario que tiene el público en general con una cinematografía en particular, en este caso del cine francés. Y viene también a reivindicar y a reformular un subgénero que había quedado atrasado en su producción, y sin una gran difusión.

[Spoiler alert]

Jen (Matilda Anna Ingrid Lutz) es una chica sumamente hermosa, la clásica rubia despampanante, americana. Jen es amante de Richard (Kevin Janssens) un francés adinerado amante de la caza, y también un rubio hermoso. Llegan en helicóptero a una gran casa algo kitsch en medio del desierto, en la que en principio se encuentran solos los dos. Horas después, Jen se asusta con la extraña aparición de los dos socios de Richard que irrumpen antes de tiempo. Jen es presentada como el sujeto de deseo de ambos hombres que se ven encandilados por su poder de seducción. Horas después Richard debe salir de la casa, y Stan (Vincent Colombe), uno de los socios viola a Jen. Richard enterado de esto, no tan solo llama la atención estúpidamente a Stan y al otro socio Dimitri (Guillaume Bouchede) sino que trata de sobornar a Jen, a cambio de su silencio. Frente a esto, Jen decide escapar, los 3 salen en su persecución hasta que Richard la mata empujándola a un precipicio.

Lo que hasta acá parece ser una historia con pocos elementos y giros algo “simples”, en el film está presentada y representada con una gran carga en la narrativa visual (planos calculados pero fluidos y una gran fotografía) y con grandes interpretaciones. Y antes de seguir hay que destacar la economía en el lenguaje audiovisual que nos hace creer que está pasando poco y en realidad nos está contando más de lo que leemos. La historia continúa, ya que Jen no está muerta, y todo eso se transforma, tal y como lo adelanta el título en un relato sobre la ¿venganza? y la sobrevivencia. Pero la genialidad en todo esto es el equilibrio que logra la realizadora entre el género y la narración, que están perfectamente mezclados y combinados en el guión y dotan de sentido – olvidándonos de lo verosímil – lo que estamos viendo y cómo nos lo están contando. Es decir que es del subgénero del rape & revenge, del sexploitation, gore, pero no estamos hablando sólo de una película de género, sino también de perspectiva de género, que es lo que hace tiempo no vemos en un film como éste (o mejor dicho, lo que hace tiempo no dimensionábamos de esta manera, dada la coyuntura cultural que estamos viviendo en muchas partes del mundo).

Esta genialidad de film tiene sentido hoy, en donde estamos dotando de perspectiva de género a nuestros relatos y a nuestras lecturas, y quizás no lo hubiese tenido años atrás. Lo importante y sorprendente es el cómo los elementos de los que la realizadora se vale para decirnos lo que nos quiere decir, que no son nuevos, sorprenden por inesperados en un film de este registro.

La aparición de los personajes, la información que se tiene de los mismos, los tiempos en los que va transcurriendo la historia, y los giros – sin llegar a la resolución – son por demás suficientes para justificar las casi 2 horas de duración de un film que podría haber durado 30 minutos menos, pero que se disfruta, y que a fin de cuentas, nos demuestra que todo está ahí para algo.

Otro de los puntos a destacar es el juego que hace Fargeat con nosotros, en donde llega un momento en el que nos entregamos a esa historia casi surrealista y no le pedimos que sea otra cosa, sino que nos acomodamos en ese histrionismo del relato. Y es destacable en ella que no nos demos cuenta de estar celebrando ese contrato con la historia y el género que se eligió, al punto que dejamos de taparnos los ojos cuando vemos una herida y un chorro de sangre. Pronto deja de importarnos si lo que nos están mostrando es creíble o no, porque lo que pasa a estar en foco es todo lo simbólico: la mujer subestimada en su poder, la mujer cosificada, el perfil de macho alfa del hombre, las malas decisiones tomadas sin pensar, las posiciones de poder, el descubrimiento de cualidades como la valentía, el coraje y la fuerza, y de la debilidad, el miedo y la cobardía, y cada uno de los elementos que alimentan y socaban el empoderamiento.

No es visualmente menor la exposición que se hace de ese macho alfa y la línea de su personaje, que va perdiendo todas las capas de poder que lo revestían al punto de quedar despojado de ellas, en lo real (el desnudo) y en lo simbólico, mientras la mujer por momentos consciente y por momentos involuntariamente toma decisiones riesgosas que la elevan en comparación con su eventual rival.

Podría seguir con este ida y vuelta entre la película y las lecturas y pensamientos sobre ella, y sobre el disfrute visual que puede provocar, pero sólo resta invitarlos a la ilegalidad para que sigan descubriendo junto a Ficciones todas las sorpresas de un film que no tiene que pasar al olvido.

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