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Reseña de ‘1917’, de Sam Mendes (2019)

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‘1917’ es lo que sucede cuando el tecnicismo se apodera de una idea. Pero no me malinterpreten. Voy a tratar de cometer una hazaña: hablar de la película sin hablar de la película. Es casi imposible contar parte de la historia de una película como ésta sin spoilearla, porque es demasiado fácil pinchar el globo de la sorpresa, si es que todavía está inflado.

¿De qué y de quién habla ‘1917’?

La película es bélica, eso podemos decirlo tranquilamente. Habla de la importancia crucial –y fatal– que tenía la comunicación hace 100 años atrás en uno de los conflictos más importantes por los que atravesó el hemisferio norte (vamos a dejar de decir “el mundo” para referirnos sólo a 5 o 6 países). Habla del riesgo, del engaño, del coraje, de la estrategia, de una forma un poco superficial, o bien poco clara. Pero al mismo tiempo habla de la manipulación, una de las armas más peligrosas usadas durante las dos grandes guerras del siglo XX.

Lo peor de la película es que no se da cuenta que está siendo manipuladora (encargarle un mensaje a una persona, y que esa persona sea elegida por un motivo particular, además de por su aptitud). Y al mismo tiempo, lo mejor es que habla de la manipulación –que sufren los dos personajes que nos importan– en el bando que siempre entendimos que era el bueno, el correcto. El bando de los héroes. Es decir que hay una manipulación cruzada y tácita. ¿Notamos en algún momento la coerción ejercida entre los personajes? Pero primero, ¿lo entendemos como coerción o es sólo una sobre interpretación mía? Si bien estoy tratando de no spoilear, el film se encarga de develar el plotline o eje narrativo en sus primeros 5 minutos.

George MacKay

¿Hablar con la técnica en la guerra?

A mi me encantan las películas bélicas, y reconozco que también me encantan por tener éstas ideas y hechos que no sabemos si existieron, por reflejar lo más bajo de la humanidad con una solemnidad absurda e innecesaria, por ser de alguna manera –la guerra– la incubadora de lo que hoy conocemos como horror, y por todavía estar sufriendo consecuencias. Todas estas ideas casi siempre tienen como objetivo fabricar más héroes, como si no tuviésemos suficientes, como si se nos estuviesen acabando. Hasta pareciera que la guerra es un tópico que todavía sigue vigente porque algunos compiten por ver quién tuvo más héroes sacrificados o más villanos trabajando desde las sombras.

‘1917’ logra construir héroes, construir mártires, construir personajes que extrañan, que sufren, que pasan hambre, pero sin darles voz. Y al mismo tiempo logra construir villanos sin mostrarlos, sin explicarlos, sin dotarlos de ningún tipo de motivación, por más que haya existido tal cosa, pero no se detiene a explicarla. Pero, ¿es eso un logro? Y de ser así, ¿cómo es que lo logró? Con un ejercicio. Sí, con un guión, pero con un guión que reposa sobre el ejercicio de una coreografía sobre el parque de entretenimientos más macabro que es la guerra. Si cambiamos de industria, podríamos incluso estar hablando de un videojuego: roles, escenarios, objetivos, cámara testigo, y siempre sobre un eje dramático y otro eje técnico que atraviesan constantemente al personaje, como si no hubiese ningún otro que importase, ningún otro personaje interesante.

George MacKay y Dean-Charles Chapman

Lo que digo es que ‘1917’ es un guión que reposa sobre un tecnicismo como única virtud y razón de ser, olvidándose de la historia social y política, de la historia de la guerra. La historia de sus personajes está ahí sólo para expulsarlos del escenario y al mismo tiempo retenerlos para hacerlos sufrir, pero no está ahí para definirlos a ellos. ¿Está mal esto? Depende, para algunos sí, para otros no. Lo que está mal es hacernos creer que la guerra, y la historia de la salvación, depende de un sólo soldado. No hay nada más devoto de la guerra que construir héroes sobre ella.

Los ejes que se cruzan en ‘1917’

Este género es algo que me entretiene, no por la acción sino por toda la inteligencia y el dramatismo político e histórico –boring–. Pero la película se transforma en un gimmick muy fácil de reproducir, de armar y de explicar, aunque extremadamente difícil de ejecutar. Hay un eje dramático, pero reposa al 100% sobre su eje técnico. Construye una historia en el fuera de campo, pero no termina de definirnos personajes ni mucho menos arcos dramáticos. Levanta una bandera política pero no hay una representación escénica del enemigo, por ende no está caricaturizado ni demonizado como solemos ver. Aunque tampoco es una película que hable del enemigo. No hace abuso de esa carnicería. En fin, la película está excelentemente bien lograda en lo técnico, pero no nos trae ninguna novedad.

Se entiende que una película como ésta tenga tantas nominaciones en la temporada de premios 2020 en rubros técnicos. Lo que creo que está mal interpretado es la idea de cine que da el film, que está en el “cómo está filmada” por sobre la permanencia que puede dejarnos en la memoria. Definitivamente es una película por la que no vamos a recordar el 2019, porque no genera conversación. Y en caso de recordarla, no la vamos a discutir porque no tiene alma de cine.

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