En mi opinión, sólo existen dos actitudes posibles al escribir una crítica de cine: o bien uno decide relatar una historia desde lo objetivo y lo mundano; o, por el contrario, uno decide poner toda la carne en el asador y hacer una autopsia que muestre los verdaderos sentimientos que nos llevaron a ver una película, más allá del simple entretenimiento al que frecuentemente se acude. Uno decide así encariñarse con los personajes, la trama, la fotografía y todos aquellos puntos sutiles que nos despertaron algo. 

¿Somos nosotros los que llevamos puesto el cuerpo o es el cuerpo quien nos lleva puesto a nosotros?

‘Pieles’ (2017), producida por Netflix y Álex de la Iglesia, se revela como el debut de Eduardo Casanova en dirección de largometrajes. Seguimos las historias de personajes insólitos, deformes, anormales y, sin lugar a dudas, iguales a todos nosotros. Aquí lo diferente se aplaude, se destaca y lucha por llamar la atención desde lo más bajo de la corteza terrestre, haciéndose presente y diciendo ‘aquí estoy’. Abunda el pudor, la indiferencia, el rechazo social, la violencia, el dolor y el sufrimiento.

Casanova intenta y logra con éxito exponer las crudezas humanas, aquellas con las que nos codeamos diariamente, revirtiendo los límites de lo bonito y lo feo, de lo aceptado y lo rechazado.

El guión se sostiene gracias a actuaciones comprometidas y desafiantes de una amplia gama de actores de distinta experiencia y capacidad.

  • (IMDb)

Los roles protagónicos están caracterizados primero por Samantha (Ana Polvorosa), quien trabajó con Casanova anteriormente en el corto Eat My Shit y donde en Pieles vemos su historia extendida con su aparato digestivo dado vuelta: literalmente el ano en la boca y la boca en el ano. Quien primero se burla de la malformación de Samantha es la obesa (Itziar Castro) encargada de un bar con graves problemas económicos. Aquí me detengo para resaltar algo que parecería empático pero no lo es: la rechazada por su obesidad, es decir, la víctima y marginada por la sociedad, también señala y se burla de los otros, sin esconder su opinión y desdén.

Por otro lado, tenemos a Laura (Macarena Gómez) quien vive en un prostíbulo desde sus 11 años y que tiene perlas en lugar de ojos, ciega pero hermosa deseando poder tocar a sus clientes, en lugar de ser siempre tocada. Ana María Ayala interpreta a Vanesa, una mujer que padece de acondroplasia y que, al quedarse embarazada desea renunciar a su trabajo en un exitoso programa infantil. Christian (Eloi Costa) nos recuerda a un joven Xavier Dolan con toques de Almodóvar, soñador y deseoso de amputarse las piernas para ser una sirena pero que vive adoctrinado por Claudia (Carmen Manchi), su madre abandonada en el nacimiento de su hijo por Simón, un padre ausente y pedófilo. Por último, Ernesto (Secun de la Rosa) y Ana (Candela Peña) una mujer con la cara flácida interpretan a un amor en pleno quiebre y que me permito exponer a continuación uno de los diálogos más penetrantes del film que ellos mantienen cuando Ana rompe con Ernesto para estar con Guille (Jon Kartajarena).

Ernesto.- Ayer he hablado con mi madre y le he contado que tengo novia.

Ana.- ¿En serio? ¿Y qué te ha dicho?

Ernesto.- No me ha dicho mucho.

Ana.- Ya.

Ernesto.- Lo malo ha venido después.

Ana.- ¿Después cuándo?

Ernesto.- Sabes que mi madre siempre se imaginaba cómo me gustaban las mujeres, pero…

Ana.- ¿Cómo que cómo te gustan las chicas?

Ernesto.- A ver, que es que yo con mi madre nunca había hablado de esto.

Ana.- Pero, ¿de esto de qué? ¿De que tienes novia?

Ernesto.- No, de que me gustan las chicas como tú.

Ana.- ¿Cómo que como yo?

Ernesto.- Sí, como tú.

Ana.- ¿Cómo soy yo? No te estoy entendiendo.

Ernesto.- A ver, que yo nunca le había dicho a mi madre que no me gustan las chicas normales.

Ana.- Yo soy una mujer normal.

Ernesto.- Bueno, el caso es que claro, aunque se lo imaginara nunca lo había tenido tan claro como hasta ayer. Es que mi madre vio tu foto y se agobió un poquito.

Ana.- Es que creo que me estoy cabreando mucho.

Ernesto.- ¿Por qué? ¿Por mi madre?

Ana.- No, no es por eso.

Ernesto.- A ver Ana, si tú ya sabes que a mi me gustan las mujeres…

Ana.- ¿Deformes como yo?

Ernesto.- Sí, por eso no había tenido novia antes. Porque nunca había encontrado una chica como tú.

Ana.- Yo soy algo más que una chica deforme.

Ernesto.- Ana, lo sé. Que yo estoy enamorado de ti. Locamente.

Ana.- ¿Estás enamorado de mí o de mi físico? ¿Sabes lo que creo Ernesto? Que tú no estás enamorado de mí. Que tú no has tenido una pareja en tu vida porque no te has preocupado por conocer a las mujeres, entenderlas. En el fondo, a ti te daría igual que yo fuera una hija de puta o una buenísima persona. Porque lo único que te importa de mí es mi físico y eso es una enfermedad. Las pieles cambian, se operan, se transforman. La apariencia física no es nada.

Casanova juega aquí un papel de reeducador pidiéndole a los espectadores que reajusten sus percepciones de los conceptos de belleza y fealdad.

Así, la película se muestra chillona, por momentos repulsiva, pero deliciosa. Envuelta en colores pasteles, especialmente el rosado, es que la gran obra de Casanova parece indagar sobre superficies pero logra profundizar con mayores ambiciones narrativas a través de un lente de exageración surrealista.

El espectador logra entender el mensaje oculto: lo simple y hermoso que es sentirse cómodo en la propia piel.