Hay que leer las cosas según quién las cuenta. Esto aplica a esta reseña – hecha por un amante de los dramas espaciales de última hora como Gravity y Arrival – y aplica también al director del que vamos a hablar – nada más y nada menos que el director más joven en ganar un Oscar y por una muy corta carrera como es Damien Chazelle (La La Land y Whiplash). Es decir, no sigan leyendo si esperan encontrar algún atisbo de crítica negativa hacia el film que aquí celebramos.

First Man (El Primer Hombre En La Luna), cuarto largometraje de Damien Chazelle, pero el primero de sus cuatro dramas que no es un musical y que está enmarcado en la temática espacial de fondo, es una obra maestra por donde se la mire. Pero, ¿por qué, si nos está contando algo que ya sabemos, y de una forma que ya conocemos?

Neil Armstrong es lejos el astronauta de la vida real más retratado en la ficción, el más conocido, el más mencionado, seguramente el más fotografiado, y el que la tiene más larga en Wikipedia – hablando de la página, ¿no? Entonces cuando nos cuentan de qué se trata la película rápidamente podemos preguntarnos qué es lo que tienen para contarnos que no sepamos ya, que no hayamos visto en una de las tantas películas que lo representa, en uno de los tantos libros que lo estudia. Hace falta ver el film de Chazelle para descubrirlo, ya que no vamos a entrar en terrenos de spoilers ahora. Pero tal vez nos olvidamos que antes de ser un astronauta, fue ingeniero, y antes que ingeniero, fue un hombre común y corriente. Luego, tuvo la suerte de hacer lo que Elon Musk y muchos magnates y nerds dentro y fuera de la NASA vienen deseando hacer desde que tienen uso de razón: pisar la Luna. Ese afán que tienen hombres y mujeres por dejar la huella en el único satélite natural de nuestro planeta data de siglos, y es motivo de conflictos filantrópicos y misantrópicos, algunos de ellos, reflejados en el guión de Josh Singer. La película de Chazelle no es ingenua frente a la pregunta de qué hace el hombre en la luna con los problemas que tenemos por resolver aquí abajo. Pero no es esa la historia que nos cuenta. Tampoco la historia del gran paso para la humanidad. Acá Chazelle nos cuenta la historia de un hombre y (también) de una mujer intentando sobrellevar sus vidas por caminos distintos a aquellos que no pudieron transitar, la historia de dos cuerpos eclipsándose en distintos momentos desde distintas órbitas, mientras otros objetos que vienen a hacer colisión con ellos pasan por al lado rompiendo las atmósferas.

Esa misma historia de personajes de ficción que nos cuentan Gravity o Arrival, con conflictos que van de lo más astral a lo más terrenal, es la historia de un hombre real pero que discursivamente hace un camino inverso y va de lo más terrenal a lo más astral. Y que con todas las licencias poéticas y por qué no oníricas que pueden hacer el director y el guionista, First Man se siga manejando en la liga de los dramas sin estar (tan) atravesada por el sci fi, es toda una proeza narrativa.

Con un gran sentido del ritmo, heredado tal vez de sus 3 musicales anteriores, Chazelle hace que las 2:20 horas de película sean llevables y emocionantes, antes que calmas y aburridas. En este sentido hay trazos livianos pero vibrantes de los dos satélites de la película, que funcionan también a modo de ejes narrativos: Neil y Janet. Ambos están bajo el mismo registro e intensidad, y transmiten esa distancia, frialdad y tensión que oscila entre ellos todo el tiempo, incluso en los momentos donde tienen un contacto ‘cálido’ o cariñoso, o por qué no cuando están a punto de no verse nunca más. Ese límite con el que ambos personajes juegan a “no sé si voy a volver a verte” es igual en tragedia y dramatismo al desgarro que tenemos en el film como introducción y como desenlace. Y por todos estos detalles es que se puede notar que hay un trabajo muy calibrado detrás, propio de una fórmula que no puede dar malos resultados: Ryan Gosling, Claire Foy, Chazelle en la dirección, Josh Singer en el guión, e igualmente meritorios los trabajos del sueco Linus Sandgren en la fotografía, de Tom Cross en la edición, y del infaltable compañero de Chazelle, Justin Hurwitz en la creación de la banda sonora que puede ser tranquilamente una obra de arte por sí sola. Son factores fácilmente reconocibles por cualquier espectador justamente por lo bien combinados que están, por el equilibrio que generan todos ellos en lo audiovisual y narrativo.

Más allá de que como película sea rendidora y/o satisfactoria, First Man habla de muchas cosas más sin mencionarlas, y contraria a esas perlitas clásicas en películas de este tipo (como la bandera estadounidense sobre la superficie lunar, o la francesa que ‘confía’ en América para la misión), el film es más crítico que romántico con la historia: nos habla de un anti-héroe que busca todo el tiempo mitigar el dolor, lejos del tono triunfalista que se podría encontrar en cualquiera otra cinta del tono. Y ver un Neil Armstrong atormentado antes que con el pecho inflado es eso que otros no nos habían mostrado. Y verlo de la mano de un director que tiene el trazo afilado en esos personajes conflictuados y atormentados pero nacidos en la ficción y no en la realidad, es lo que no habíamos visto en el realizador. Sin más, Chazelle, Gosling, Foy y el equipo, hacen que cada minuto y cada centavo que cueste la entrada, lo valga, y que sean -al menos por mi- recordados.

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