Fahrenheit 451, antes de ser una película original de HBO, fue – y es – una novela de ciencia ficción del autor norteamericano Ray Bradbury. Una novela que muchos de nosotros recordará por haber leído en nuestra adolescencia, tal vez por ser lectura obligaroria de un programa de literatura de la secundaria. Y es que Fahrenheit 451, la novela, es esa clase de libro de culto que uno lee y no olvida. Tan corta como intensa, la novela acompaña las aventuras de Guy Montag, un joven bombero que en un futuro distópico se dedica a quemar libros. De allí el nombre que le da título, la temperatura a la que los libros se inflaman y arden. En este futuro sin año – la novela data de 1953 – los libros son una amenaza porque en ellos radica el peligro de la locura, de la estupidez, en definitiva, de la lucidez. Este equipo de bomberos forma una elite, miembros de una jerarquía en los que la novela no abunda mas interesada en los pocos personajes que desarrolla y no tanto en cuestiones macro. La pelicula si se sumerge pero hasta cierto punto. Este equipo que intenta mantener la paz en el futuro es parte de un universo mucho mas profundo, en un devenir politico que se insinuaba en el libro pero que aqui casi es omitido generando una incongruencia, por un lado apartarnos del personaje singular para trabajar mas en el medio en el que se desenvuelve pero sin atreverse a sumergirse en la politica de fondo, una decisión cobarde, de una cobardia opaca.

Fahrenheit 451 es una película original de HBO. Y antes quiero detenerme en este hecho importante porque la película no comprada ni producida por el canal de cable, sino pensada desde el minuto cero para el consumo televisivo. Y me detengo aquí porque es una forma de distribución y consumo a la que poco a poco nos tendremos que ir acostumbrando. En el futuro distopico del presente las películas están hechas para televisión. Netflix empezó y ahora toman la posta los canales de televisión, produciendo o comprando productos que nacen para ser consumidos lejos de la pantalla de cine. Tal es así que HBO, quiero creer que con dinero de por medio, logró que Fahrenheit 451 tuviera estreno mundial en el pasado Festival de Cannes para estrenarla a unos pocos días despúes – el 20 de mayo de 2018 – en su canal de cable.

Y ahora sí, salvados esta pequeña introducción, hablemos de Fahrenheit 451, la película. Lejos de la intensidad y la profundidad del libro, su versión cinematográfica intenta abrirse hacia los costados contando una fábula que nada tiene de diferente, y que además hace notoriamente mal lo que otros productos de similar naturaleza han sabido crear con menos recursos. En este expandirse pierde su mayor fuerza, la que radica en lo que se oculta en la historia original y que aquí muestra en exceso. Los personajes tienen motivaciones básicas, normales para que todos entendamos, o para que entienda un público que – tal vez – no está acostumbrado a consumir esta clase de productos. Estas decisiones hacen un protagonista anodino, arquetípico, lejano a todo matiz que si poseía el original Guy Mostag, pero también transforman la esencia del libro – la inolvidable Clarisse McClellan – en algo así como solo un interés amoroso. Decisiones como estas se repiten hasta el cansancio en la más de hora y media de película, decisiones que subestiman al espectador, y que terminan por crear una historia chata, sin vuelo ni continuidad, que uno se olvida antes de los títulos finales.

Sé que en la comparación de una novela con su versión audiovisual todo producto cinematográfico tiene las de salir perdiendo, más cuando lo que se recrea es un clásico como Fahrenheit 451. Pero acá no estoy hablando solo de eso. O por lo menos eso intento. Lo que estoy diciendo es que la película hace una lectura equivocada de lo que puede brindar un lenguaje cinematográfico para generar un telefilm con una historia tan poco interesante como aburrida. Allí donde las imágenes podrían hablar, donde los silencios podrían crear, donde la poesía – repleta en la novela, inexistente en la película – podría hacer pensar, profundizar, la película toma el camino opuesto. Intenta contar una historia sumamente interesante de la manera más convencional posible, porque aunque se estrene en Cannes y los superfotogénicos protagonistas (Michael B. Jordan y Sofia Boutella) merezcan una alfombra roja repleta de flashes, HBO parece pensar que el público que la consumirá no le demandara mucho.

Esta película, esta forma de distribución, esta manera de pensar al espectador, es un peligro. Un peligro no tan poderoso como un futuro sin libros, pero casi.