Élite tiene todo para ser un éxito. Y lo es. Élite fue la serie de Netflix más vista en las primeras dos semanas desde que se lanzó internacionalmente por la plataforma de streaming para el mundo entero. Y este fenómeno habla de dos cosas: por un lado el mundo de las series se ha globalizado y no solo las propuestas americanas son las que alcanzan una convocatoria masiva mundial, y por el otro, nos deja una pregunta: ¿qué es lo que tiene Élite para convertirse en un fenómeno de masas que excede el público hispanohablante (entendido como aquel que no le tiene que poner subtítulos para entender qué dicen los protagonistas)?

Aunque cueste creerlo mucha gente no ve series que no sean en su idioma original para no leer. Los bichos raros que amamos el lenguaje audiovisual y gastamos horas y horas consumiendo ficciones no podremos entenderlo nunca. Como puede ser que exista gente que se pierda la serie danesa de la que el mundo habla solo porque no quiere leer, o lo que es aún peor, porque se pierden con los subtítulos y el idioma original, ya que se acostumbraron a escuchar “el inglés” de fondo. Esta última razón es una variante muy usada en Argentina, donde la mayoría de los productos llegan doblados al castellano y en idioma original (gracias). Pero esto es así. La gente lee menos. Y lee menos en el cine y en su casa. Y si hablamos de Argentina (país en el que vivo, pero entiendo que el análisis puede hacerse extensivo al resto de Latinoamérica), la gente consume masivamente las series en idioma original – preferentemente de España, “porque hay más producción” – que no necesiten el esfuerzo adicional de estar leyendo. En este contexto es comprensible que una serie como Élite se convierta en un éxito, los condimentos están y se desarrollarán en el próximo párrafo, pero qué sucede con el resto del mundo. ¿Por qué una serie española, sin más créditos que contar con un par de actores de La casa de papel, ese pequeño gran fenómeno de la televisión española que desembarcó en la misma plataforma el año anterior, se convirtió en un éxito? Y es que el lenguaje es universal. La telenovela, la novela de misterio, las historias de amor son un combo irresistible desde mucho antes que Dinastía. Y aquí, cambiando el escenario y la época, los ingredientes son los mismos.

Parejas con diferencias sociales, el rico y el pobre actualizados y sazonados con diferencias religiosas y culturales (Nadia y Guzmán, la pareja más interesante de la serie, y paradójicamente la más “tradicional”), triángulos amorosos con hermanos de por medio (Marina, Nano y Samuel), parejas poliamorosas (Carla, Polo y Cristian), parejas gays (Omar y Ander) son el combo de relaciones y triángulos amorosos de los “chicos del poster”. Y es que en este combo hemos metido de todo, y allí radica el suceso de la serie. Aunque también en la cantidad de escenas de sexo y cuerpos desnudos (principalmente masculinos, en una tendencia que crece en todo el mundo), las canciones pop, y ese efecto de who do it que desde antes de Agatha Christie convoca (no por algo las novelas de la escritora británica son las más vendidas solo después de la biblia).

Aquí el misterio radica en quién mató a uno de los personajes. Misterio tratado de una manera muy similar, por no decir idéntica, a como lo trató la muy superior Big Little Lies. Una detective la que interroga a los personajes principales, solo a los personajes principales, gran error de la serie, el no ir más allá de la juventud, aquí no hay padres (y los padres que se ven son apenas un dibujo animado sin voz ni carácter) ni profesores (solo el profesor de inglés, funcional a la trama principal además), no hay conflictos macro, no hay nada que no pase por la docena de adolescentes protagonistas de la historia. Y la policía los investiga, les hace preguntas, intenta develar quién mató a quién (el personaje asesinado se conocerá al final del piloto, el misterio pasará solo por descubrir quién fue el asesino).

Y bueno, tenemos misterio y tenemos amor. Que más se necesita. Casi nada. Estos son los motivos por los que Élite funciona. Pero me pregunto: ¿son los motivos por los que yo compré la serie? Y la respuesta es no. La respuesta, los motivos, son otros y estuvieron ahí desde el primer capítulo – muy bien presentados por cierto, no tan bien desarrollados al final – y es que la serie se permite tener – de nuevo solo en principio y por la superficie – la cabeza abierta para hablar de temas vigentes actualmente, pero que en las ficciones seriales brillan por su ausencia, como por ejemplo parejas serodiscordantes y poliamorosas.

Uno de los personajes principales tiene HIV. Lo sabemos desde el piloto, lo explica en una escena familiar, sabemos cómo se contagió, cómo maneja el tema con la familia, cómo convive con el virus. Esto ya es un logro. ¿Cuántos personajes cero positivos vemos en la televisión actual, y cuantos conocemos? Entonces, ¿por que no están? ¿Por qué cuando hablamos de campañas de conocimiento y prevención le pedimos solo al Estado (que sí, es el principal responsable de la visibilización la enfermedad) que se haga cargo y no llevamos el debate a la mesa, o a nuestras formas de consumo de, por ejemplo, las series? Marinas, – el nombre del personaje cero positivo – existen, están ahí, y la serie explica qué es ser enfermo de HIV, cuáles son los medios de contagio, qué significa ser indetectable, da clases de cómo manejar la situación de enterarse de que la persona que te gusta te informe (o no) que es cero positiva, etc. Tan simple, tan eficaz. Marina nos enseña lo difícil que puede ser estar explicando que vivís con la enfermedad, a una pareja, a un amigo, al colegio. Por esto ya es necesaria Élite.

Parejas poliamorosas. En Argentina estos últimos meses el término se volvió viral cuando Florencia Peña – una de las actrices más conocidas y mediáticas del país – intentó explicar un supuesto engaño de su pareja como la realidad de una pareja poliamorosa. El debate se abrió y llegó para quedarse. ¿Que es una pareja poliamorosa? ¿Es lo mismo que una pareja abierta? ¿Cuáles son las reglas y por qué existen? ¿Existen desde siempre o llegaron con los millenials y centenialls? Las series sin intentar dar respuesta a todas estas incógnitas se propone mostrar una pareja de un chico y una chica que involucran un tercero en la relación. El tercero, primero engañado y después conquistado por la mujer extiende sus lazos finalmente a la pareja que se transforma en una relación de a tres. Que esta realidad se muestre es un logro más de una serie con aspiraciones tan masivas.

Y bueno, por aquí entré. El plato está servido y la cena es abundante. El problema, a mi gusto y entender, radica en la resolución. Y con la resolución llegan los spoilers por lo que si llegaron hasta aquí y no saben de qué va el final de temporada y el cierre del misterio, les conviene parar y seguir luego. El problema, amén de que la resolución del asesinato es torpe y apurada, radican en la víctima y el victimario. Ideológicamente hablando que la chica asesinada sea la más libre y el personaje seropositivo, y que los victimarios sean la pareja poliamorosa (sí, uno de los chicos, pero con la complicidad del resto) larga cierto tufillo conservador, cuando no aleccionador. Las decisiones sobre la resolución de uno de los conflictos principales podrían haber sido cualquiera y no éstas. Y esto es más que un simple final. ¿Qué es lo que nos quiere decir una serie que construye personajes libres para encarcelarlos con la muerte o la cárcel? No lo sé. Por lo menos a mi esta resolución me sabe rancia, mal, pasada. Y es una lástima para un producto comercial que en el primer y segundo acto habría el debate y ponía tantas cosas en discusión. Habrá que esperar una segunda temporada para la redención o el olvido.