¿Quién es el ángel de la muerte?

La respuesta a esta pregunta es para quienes como yo, no conocían en profundidad la historia de uno de los asesinos más recordados del país. El ángel de la muerte o Carlos Eduardo Robledo Puch (66) es un sociópata y criminal argentino que cumple con prisión perpetua indeterminada desde sus 20 años, condenado por la justicia argentina en el año 1972. Robledo Puch fue acusado de homicidios, violaciones, robos y raptos, entre otros crímenes.

Argentina también tiene un listado de “criminales conocidos o populares” que ocuparon tapas de diarios durante mucho tiempo y a los cuales se les dedicaron además de investigaciones psiquiátricas, libros, canciones, series de televisión, y últimamente películas. En 2007 vimos en el cine la historia del petiso orejudo titulada como El niño de barro de mano de Juan Vera (quien en este 2018 nos trajo la comedia romántica El amor menos pensado). En 2015 Pablo Trapero -también con el apoyo de El deseo, la productora de Almodóvar- y Telefé llevaron a la pantalla grande El Clan, y Luis Ortega a la pantalla chica Historia de un clan, ambos títulos basados en la historia de la familia Puccio.

El Ángel, presenta parte de la historia de Carlos Robledo Puch, su cuadro familiar, su libre albedrío, sus intenciones amorosas, y su continuo ir y venir en las calles porteñas. Los hermanos Ortega (Luis en la dirección y Sebastián en la producción) no conformes con la tradicional estructura narrativa y el género por defecto que representaron a estos personajes, se embarcaron en el desarrollo de parte de la vida de el ángel de la muerte. Para hacerlo, recurrieron a sus mejores herramientas, a grandes nombres del cine argentino como Cecilia Roth, Daniel Fanego, Mercedes Morán, etc., y agregaron dos condimentos extras y diferenciadores: el registro narrativo y el actor principal.

La historia del ángel de la muerte podría haber sido un relato clásico en formato biopic o thriller dramático que armara el perfil del criminal, recurriendo a sus frases más célebres, a su actitud despreocupada, fresca e impredecible, y a todos esos rasgos y estilos en su personalidad para terminar de perfilarlo. Sin embargo no es así como los guionistas eligieron contarnos sobre Robledo Puch y optaron por un orden menos clásico que nos deja sin la introducción, nos mete de lleno en la personalidad enigmática e histriónica de El Ángel, y arranca de lleno con la sucesión de actos de una forma mucho más natural y armónica sin hacer cortes ni resaltados en los hechos. Rápidamente nos damos cuenta que el film se despoja de toda esa moldura que lo encasillaría en el thriller o en el biopic psicológico.

Pero además de ese primer condimento extra, nos encontramos con un actor principal inexperto y nuevo, que se mete de lleno en la mente de Robledo Puch: libertino, irreverente, desmedido y sorpresivo, y al mismo tiempo siniestramente carismático. Tanto, que ni el tallado a mano Chino Darín como co-star le roba protagonismo visual. Y acá podríamos hablar de un bonus o tercer condimento extra: la relación entre Carlos (Lorenzo Ferro) y Ramón (Chino Darín).

La película se detiene en algunos momentos pensados para construir entre Carlos y Eduardo una intensa relación homoerótica que hasta las últimas instancias mantiene la tensión. Puede percibirse una relación forzada o fluida dependiendo de si empatizamos o no con al menos uno de los personajes en ese dúo excéntrico. Pero el equilibrio entre lo visual y lo narrativo de la pareja es casi perfecto teniendo en cuenta que en el comienzo de ésta hubo una suerte de atracción por inversión entre ellos. Sin profundizar en descriptores actitudinales y sin justificar al guión en esto, dos personas con un claro desequilibrio como Carlos y Ramón, difícilmente puedan lograr una relación que se sostenga en el largo plazo (claro que no es imposible) y más teniendo en cuenta sus giros impulsivos y sus motivaciones. Pero con que empaticemos con uno de ellos vamos caer de lleno en esa tensión entre la piel de ambos y vamos a creérnosla. Por todos estos motivos es una relación excelentemente bien reflejada en la pantalla.

Pero si bien El Ángel es una gran realización, luego de describir esos condimentos, no es perfecta: después de Cannes y con una fuerte inversión en promoción, se alza como la película argentina más icónica e impactante del año. Pero es poco efectiva y muy larga como para permanecer en la retina. Es más bien una sumatoria de momentos bien coreografiados y fotografiados, con muchos gags en sus personajes, con una excelente musicalización, pero de tantas sumas, se excede, y rebalsa. Es meta-cinematográfica en vez de servirse de lo virtuoso de un guión para ser sólo cinematográfica. Es decir que de tanto que pretende, se pierde en los sabores y no tiene un final tan largo en la boca como podría esperarse.


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