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Animales Fantásticos y Los Crímenes de Grindelwald, de David Yates

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Vamos a hacerla corta: la primera película no me gustó. Pero creo que en esta secuela mejoran bastante las cosas. Quien me haya leído antes sabe que no me gusta comparar, y que si bien son inevitables las benditas comparaciones, siempre trato de evitarlas. Pero acá al menos, ya que sólo tenemos dos, podemos comparar a la segunda con la primera, teniendo en cuenta el avance lineal en la historia y teniendo en cuenta también que se trata de una historia satélite a un universo ya creado exitosamente. Si la primera (Animales Fantásticos y dónde encontrarlos) es muy “Disney”, la segunda podríamos decir que es más “Harry Potter”, es decir, más fiel a su universo original. Pero hagamos una pausa introductoria.

Harry Potter es algo con lo que muchos de nosotros crecimos: libros, películas, fanatismo y emociones compartidas, expectativas, especulaciones, disgustos, hasta disfraces, etc. Pero hay otra cosa que mirando hacia atrás podemos identificar: no tan sólo es un universo que marcó a una generación sino que también supo ampliarse, adaptarse, reinventarse, y crecer. Si analizamos, vemos que la historia nunca fue infantil: maldiciones, magia negra, ocultismo, asesinatos, corrupción y poder, etc. En ese listado de cosas, los elfos domésticos, los dementores, los duendes, los horrocruxes, sientan bien. Ahora, ¿cómo entran al juego los fantásticos animales dignos de una película de animación del Disney de los años 2000? Pasaron dos películas y todavía no lo descubrimos. Aún sirviendo de marco o de base para la composición de una historia nueva con magos buenos y magos malos, con familias, con ministerios y mundos paralelos, los animales acá, salvo haciendo payasadas o salvándole las papas arbitrariamente a un personaje, no sabemos bien qué vienen a hacer. Es decir, no suman nada en lo literario ni en lo visual.

Ahora ya saliendo de la pausa introductoria y adentrándonos en la trama, la historia avanza a los golpes y empujones, pero avanza, con un villano que fue presentado sobre el clímax de la parte anterior – un Colin Farrel devenido en Johnny Depp – y que puede notarse el carisma desdibujado de un actor sobrevalorado y decadente, mejorado tal vez con el mismo CGI que se utilizó para crear a los animales, y con escenas medidas para que no robe mucha cámara. Es decir, en la saga Harry Potter nos mezquinaban el sin-nariz Voldemort aunque era atractivo verlo haciendo sus caras endemoniadas, pero en esta nueva saga se agradece no ver a Grindelwald, la visual de alguna manera respira cuando él no está en pantalla. Y es que a pesar de su paupérrima no-actuación (o actuación a lo Johnny Depp), Grindelwald como villano no es interesante, y menos sabiendo que Grindelwald no era tan malo como Tom Riddle. Pero no tan sólo de villanos se alimenta una aventura sino también de héroes, salvo que acá, ni el héroe ni el villano son ni poderosos ni interesantes. Newt Scamander padece el síndrome de Harry Potter pero ya con una metástasis irreversible: Eddie Redmayne es peor en esta segunda película que en la primera.


¿Entonces cómo subsiste Animales Fantásticos y Los Crímenes de Grindelwald? ¿Cómo es posible que sea mejor, al margen de decaer en taquilla en comparación a la anterior? Justamente por el universo y la magia -literal- que la sostienen, por un lado, y por el otro, por tratarse de una historia desconocida para los fans. Y es que esta película está hecha para un público reducido y tal vez es eso lo que todavía en Warner no se enteraron: si se hace fan service, se hace para un nicho, para un público que por ser maduro ya, no sigue creciendo en números, sino en edad, que es muy distinto. Y la oferta tiene que crecer en la misma dirección. La captación de públicos nuevos no resultó con la película anterior, por ende con la secuela no iba a ser mucho más exitosa la cuestión. Donde se revitaliza la historia es en la aparición de un joven Dumbledore, pero todavía no entendemos si están guardando jugo para la próxima, o si el guión no se comprometió o no se la jugó del todo con una revelación que sólo necesitaba confirmación visual: sí, estoy hablando de la sexualidad de Dumbledore. En esta secuela había material para avanzar en ese hilo y se optó por un camino más conservador, por no decir mojigato. Ahora bien, tal vez a los fines de hacer rendir la franquicia en las tres películas restantes, veremos esos hilos anundarse o desatarse entre el 2020 y el 2024.

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