¿Cuál es el costo de las mentiras? El verdadero peligro es que si oímos suficientes mentiras, luego no reconoceremos la verdad. Sobre esta reflexión se apoya Chernobyl, la última gran miniserie de HBO, en coproducción con Sky Atlantic (cadena inglesa), de 5 episodios que finalizó el pasado 4 de junio.

Chernobyl aborda el que, junto a Fukushima, es considerado el mayor desastre nuclear en la historia. Pero ¿qué tienen que ver la mentira y la verdad con este desastre nuclear? La respuesta, como no podía ser de otra manera tratándose de una problemática ubicada históricamente en medio de la guerra fría en la ex Unión Soviética, tiene que ver con la política, y claro, es que ni la verdad ni la mentira se llevan del todo bien con ella.

Basada en hechos reales ficcionalizados para generar un docu-drama en el que sobrevuelan constantemente el terror y el horror en sus facetas más realistas y crudas, Chernobyl no demora en meternos en la sala de controles -reproducida con la mayor fidelidad posible según las investigaciones- del reactor número 4 de la planta nuclear situada en el extremo norte de Ucrania, a los pocos minutos de la explosión del núcleo, sin antes adelantarnos que quien guiará los hilos narrativos en la miniserie de Craig Mazin, el profesor Valery Legasov, moriría exactamente dos años después del 26 de abril de 1986 pasada la 1 de la madrugada.

Esta miniserie fue rodada en escenarios recreados casi a la perfección en Lituania, e íntegramente en habla inglesa (según Mazin, a los efectos de evitar los gags cómicos que para norteamérica suele tener el uso del acento ruso, y además por ser naturalmente una co-producción entre USA y UK). Sin hacer abuso de escenarios imponentes, y sin espectacularizar la imagen, Mazin logra una puesta en escena que parece ser real, y que nos sumerge no tan sólo en el momento histórico sino también en el contexto político y emocional que eso significó para sus protagonistas. Y ese es tal vez el primer punto a favor de la serie, que en lugar de mostrar peones políticos que son movidos cual piezas en un tablero de forma didáctica para que el guionista nos cuente un cuento lineal, lo que vemos es gente tomando decisiones atravesada por la política, por emociones y por sus saberes. Los ejemplos son Anatoly Dyatlov (Paul Ritter), Ulana Khomyuk (Emily Watson), Boris Shcherbina (Stellan Skarsgård), y Valery Legasov (Jared Harris), y es necesario ver a estos personajes en acción para entender lo que estoy diciendo.

Legasov (con un siempre excelente Jared Harris), es quien abre el relato con la pregunta inicial y final. A simple vista podríamos asumir que se trata de un hombre solo en la vida. Sin embargo, aún estando su personaje basado en uno de la realidad, no podemos ver en la serie a su esposa y a sus hijos. Esta es una de las principales decisiones que toma el creador de la serie para despojar al personaje en la ficción de los lugares comunes en los que suelen caer estos ‘héroes’ o ‘maestros de la solución’. No ameritaba ese sentimentalismo, y sin embargo, con esos trazos gélidos y en el marco de un docu-drama de corte histórico y frío, es reflejado como un personaje totalmente empático, haciendo valer cada uno de los minutos en pantalla. Lo mismo podemos decir del camarada Shcherbina con otro excelente Stellan Skarsgård.

Trailer oficial de la miniserie

Y llegamos a otra de las observaciones que se le hizo a la serie, además de la cuestión idiomática, que tiene que ver con cuán real es ver a una mujer en la Unión Soviética sentada en la misma mesa que Gorbachov. Esa mujer, no está puesta ahí por cuota de pantalla ni por tratarse de la fantástica Emily Watson, sino que es el recurso retórico de la ficción que no tiene un referente en la realidad, pero que está creado por Mazin para representar justamente a todas las mujeres que en el ámbito científico y médico en la Unión Soviética sí tuvieron injerencia y poder de acción, y aún así no encontramos en los libros de historia. Más que un cumplido, es una confluencia de esas heroínas invisibles que tiene la historia encarnados en un personaje con todas las cualidades necesarias para el devenir del relato. Sí existieron, según las investigaciones de Mazin, mujeres científicas en la URSS (en algunas regiones más mujeres que hombres), y en medio del accidente de Chernobyl varias de ellas fueron las que ayudaron a la contención del problema a Legasov, quien mintió diciendo que era un especialista en los reactores RBMK. El era un simple científico con conocimientos en procesos nucleares pero no en esos reactores específicamente. Y de no haber sido ayudado por la comunidad científica del momento -compuesta también por mujeres-, no hubiese podido trabajar en la contingencia.

Mazin nos muestra con estas decisiones narrativas, que la historia del desastre nuclear no va a ser contada de la manera que esperamos, que no habrá una secuencia lineal, que esto no es un cuento más. Y es que, claro, es un hecho que modificó la historia, la naturaleza, la ciencia, y la humanidad. Un hecho del que no hay vuelta, y sobre el que hay un futuro todavía incierto. Y que al día de hoy sigue siendo un fenómeno estudiado, porque si bien la culpa es de las decisiones políticas y de la negligencia de unos pocos, los efectos y el terror no pueden ser mitigados con un simple juicio o con un magnánimo sarcófago.

Chernobyl habla de un desastre en clave de docu-drama y acercándose al terror sin que nos demos cuenta, y lo hace sin apelar a causas y consecuencias, ni a los clásicos lugares comunes de los dramas históricos de la guerra fría. Pero habla también de eso que la ciencia no entiende (como las susceptibilidades partidarias), de eso que la política no hace (como entender de consecuencias catastróficas en las decisiones y en la burocracia), y de esos fenómenos visualmente mágicos que atraen a hombres y mujeres como a una sala de cine pero que son veneno de un animal letal (como la silenciosa radioactividad). Chernobyl dice que no importa cuántos libros leamos, cuántos títulos y especializaciones tengamos, porque no hay peores consecuencias que esas que subestimamos o incluso no les damos entidad. Chernobyl nos cuenta sobre un villano peor que el de los cómics, que es ese invisible, imperceptible, y mudo.