Las comedias románticas estaban destinadas a desaparecer. Tan simple como esto. De todos los géneros, a éste tal vez fue al que más le costó adaptarse a los tiempos modernos. Las reglas del romanticismo clásico, la fórmula de chico conoce chica, parecía destinada a extinguirse en una era donde los millenials buscan otra clase de relaciones y las redes sociales han llegado para complicar las relaciones en el cine, y en la vida. .

Pero este tal vez no sea el único motivo por lo que las comedias románticas han sufrido en estos últimos veinte años una pérdida de protagonismo importante. Por una serie de eventos afortunados repasé en un fin de semana dos comedias de John Hugdes, dos clásicos de lo que llamaremos el subgénero “cine de instituto”, películas que transcurren generalmente en el último año del college y que si bien el escenario ha sido utilizado tanto en el terror – Carrie, como su antecedente más evidente – como en el drama – en la reciente Lady Bird -, es en la comedia romántica donde mejor se mueve. Las películas en cuestión – The Breakfast Club y Sixteen Candels – son exponentes de las fórmulas del romanticismo más puro, ese que se da en la adolescencia y que perdurará tal vez para siempre. Si bien TBC es más una comedia de instituto que una comedia romántica en sí, en ella se encuentran muchos de los tópicos de esta clase de propuestas: la atracción entre los diferentes, el crecer como conflicto personal, la amistad como estandarte, las ganas de coger a como dé lugar, el primer amor. Y en estas películas se evidencia un gran problema para adaptar el género a la actualidad. El mundo cambió, y ya no solo en la forma de relacionarse. Hoy un personaje como el geek simpático de Sixteen Candels es directamente un abusador. Y en esa película el interés romántico masculino es un “machito entregador”. Los “diferentes” ya no son la princesa del instituto y el chico malo del curso, ni la chica con problemas de adaptación mejorará todos sus problemas cambiando su ropa negra por una blusa blanca y aprendiendo a maquillarse. El mundo cambió y hay escenas que directamente no pueden reproducirse, ni siquiera adaptarse. En este contexto podemos afirmar que hoy la gente ya no se enamora de la misma manera.

En este marco, el cine en particular, decidió abandonar el género. Ya no existen las comedias románticas exitosas, ni mucho menos taquilleras, que los noventa nos supo regalar. Época en la que una de las actrices mejores pagas del mundo, Meg Ryan por Tienes un e-mail, basaba pura y exclusivamente su éxito en propuestas que la mostraban como la chica bonita con la que el “no galán” de turno quería casarse (y digo no galán porque ni Tom Hanks, ni Mattew Broderick, ni Bill Cristal podían hacer gala de ese título). Aquí lo que importaba era que el hombre de turno (simpático, o tierno, o melancólico pero nunca sexualmente atractivo) se ganara a la reina del instituto. Otro paradigma que no se puede reproducir sin pecar de, en el mejor de los casos, naif. El cine dejo de contar con su gallina de los huevos de oro, esas películas que con un costo reducido podía convertirse en la propuesta más rentable de la temporada.

Y llegó Netflix que lo entendió todo. Entendió que el nicho existía, pero que los jóvenes no irían a pagar una entrada al cine por ver una película que no hablara de su manera de enamorarse, que los tiempos cambian y las princesas no quieren ser rescatadas, que los príncipes importan, que se puede educar en la diversidad haciendo cine para otro público. A todos los chicos de los que me enamoré es la propuesta de la plataforma de streeming que logró revertir varios de estos problemas – de hoy, no de la época, pero esa es otra discusión – que tenían las comedias románticas de los noventa y las comedias estudiantiles de John Hugdes poniéndoles perspectiva de época. Lara es una joven de ascendencia coreana – madre coreana, padre americano – que ha hecho todo lo necesario para permanecer invisible, y que a sus dieciséis años tendrá que manejar los problemas que le trae que una serie de cartas – cinco en total – que ha escrito para los chicos que se ha enamorado, lleguen a sus destinatarios. Y es que la idea de esas cartas era exorcizar el problema que significa enamorarse, exponerse al rechazo, a que le rompan el corazón, y el destino era una caja de la que no deberían haber salido. Y aquí está la primera gran actualización del género, el problema de la chica – lejos del prototipo de mujer bonita acostumbrado –  no es que el chico de turno no la mire, o que no la corresponda, el problema en la historia es que ella se ve forzadamente expuesta. Allí aparecerán los galanes de turno – entre ellos el magnético Noah Centineo, también protagonista de otra comedia de Netflix demasiado similar, aunque más fallida, Sierra Burges is a loser – pero que lejos están de ser el centro de atención. Tampoco vemos prototipos marcados, ni estudiosos, ni deportistas exitosos, ni villanas sin personalidad. Los conflictos se resuelven por mensajes de mensajes, o se crean por publicaciones en Instagram, otro gran problema que a las películas les está costando manejar, aunque ya en general, no es una mera cuestión de género.

Inclusiva, con personajes diversos (racialmente, culturalmente, sexualmente), a veces hasta educativa, A todos los chicos nos demuestra que es posible escribir ficciones para un público adolescente, que hable su idioma, que maneje los códigos del nuevo siglo, alejándose de la mojigatería de la pareja perfecta, del amor romántico, de la princesa rescatada, donde tanto la mujer como el hombre importan, intercambiando los roles – aquí es el personaje masculino el “objeto” a ser conquistado, Noah Centineo se ha convertido en la Meg Ryan de los noventa -, alternando reglas, pero conservando la esencia. El amor existe, distinto eso sí, y estas historias merecen ser contadas.

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