War Machine, de David Michod

Una guerra hecha parodia

La parodia, ese género tan ambiguo como engañoso, es el género de una película rígida, al punto del resquiebre fácil. David Michod dirige una película basada en un libro del mismo nombre, escrito por Michael Hastings, llamado ‘Los Operadores: La Salvaje y Terrorífica Verdad sobre la Guerra de Estados Unidos en Afganistán’ y cuyo origen se remonta a un artículo de la revista Rolling Stone escrito por el mismo difunto periodista.

La guerra que le declaró Estados Unidos a medio ‘Medio Oriente’ lleva 16 años, y si bien  Hollywood siempre levanta banderas, nunca nos explicó ni nos mostró con claridad los modus operandis en dicho territorio. Ni hablar de los motivos, que terminan siempre cayendo en la respuesta fácil “9/11”. Las excepciones pueden ser las dos películas de Kathryn Bigelow que si bien son más comprometidas, no dejan de ser partidarias y de un extremo subjetivismo.

War Machine (o David Michod) nos cuenta que no todo es táctica, estrategia, y manejo de drones, en Medio Oriente. Hay otros operativos que quizás expliquen el aumento del yihadismo, y la extensión temporal de esta guerra que continúa hasta hoy. Y es que Estados Unidos necesita ‘movimientos diplomáticos’ por así decirlo, que acompañen su accionar militar sobre los países invadidos (porque, ¿para qué usar otra palabra y sumar términos al engaño, no?). Esos movimientos, son también llevados a cabo en su mayoría por cuerpo militar, pero de otro orden, podrían verse como los militares mas politizados o diplomáticos, y son los que negocian elecciones, mueven fondos con corporaciones, financian campañas, hacen tratados de paz con algunos pueblos, construyen algo de lo que previamente destruyen las fuerzas militares, etc. “Los operadores” y War Machine cuentan la historia más curiosa del responsable a cargo de estas misiones, un general 4 estrellas, con una personalidad que ameritaba una sátira como esta. Llámese sátira o parodia, el registro utilizado para el film producido por Netflix, hubiese pasado totalmente desapercibido de no haber contado con la actuación de Brad Pitt. De todas maneras es una película que pasó algo desapercibida, pero algunos culpan a Netflix; esa es otra discusión.

Lo cierto es que estamos ante una película, que como muchas otras del género, nos provoca, pero no es provocativa. Nos causa gracia, pero no nos causa risa. El personaje de Brad, Glen McMahon, es por demás ridículo, sumamente estudiado pero poco dócil, pero apesar de está hecho para que empaticemos con él, y con sus modos y decisiones. ¿Intencional? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que esta es un film más interesante en su gestación y en el registro discursivo, que en su concreción. Hay al comienzo del film una voz en off, que de a ratos nos desubica y nos reubica, por momentos nos olvidamos que hay alguien que nos está contando la historia, hasta que cobra sentido sobre el final, pero más que emular al cuentista, no hace otra cosa.

Pero lo importante es que es otra película con un telón bélico de fondo que cuenta cómo los estadounidenses son un fracaso en la diplomacia, no así en lo militar. Es un film sobre una historia real que aburre más que cualquier otra nueva película sobre la segunda Guerra Mundial, pero que al parecer no está agotada. War Machine es una buena idea, pero una idea literaria, y no es lo que Hollywood necesita hacer para hablar, ya sea bien o mal, de la guerra. Si bien soy un defensor de las nuevas plataformas y las nuevas formas de ver cine, porque descreo de doctrinas y prácticas institucionalizadas y rígidas, no es War Machine digna de llamarse nuevo cine ni mucho más. No sirve sumar pastillas cómicas, con caras conocidas, cambios de género, y una intención cómica, para hablar de algo tan delicado como la guerra, ni mucho menos para entretener o hacer cine. Lo que no debe hacer Netflix es olvidarse que hacer cine es otra cosa, distinto al hacer TV, ni más ni menos, sino distinto.

 

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