Luz de Luna, de Barry Jenkins

A menudo despertamos. Tomamos un desayuno, nos vamos al colegio, a la universidad, al trabajo. Interactuamos con distintas personas. Almorzamos en familia, o solos, o en una oficina. Vamos al gimnasio, a correr, hacemos deportes. Salimos con amigos y decimos te amo. Construimos una vida. Pero ¿cuáles son esos momentos que construyen una personalidad? ¿Qué situaciones nos marcan para el resto de nuestras vidas? ¿Cuán influyente es un momento, una palabra, un consejo de la persona indicada para las decisiones que tomaremos en el futuro? De esto habla Moonlight, película nominada a ocho premios de la Academia y que aspira a robarle el Oscar a mejor película a La La Land.

Little (Alex R. Hibbert) aprende a nadar y descubre lo que un padre, que no tiene, puede brindarle. Un padre que se le negó pero que aparece para enseñarle a nadar y darle un modelo. De pronto sus silencios se hacen aún más profundos y forma parte de una comunión con el mar, se siente libre.

Chiron (Ashton Sanders)descubre una noche que puede sentir placer, y que ese placer es “prohibido” para la sociedad en la que vive. Nadie se lo cuenta, nadie lo verbaliza, pero ahí está, el descubrimiento del placer a la par que la conciencia de saber que para los otros eso que está haciendo no es lo correcto.

Black (Trevante Rhodes) conduce su auto mientras un colega le habla de chicas y de “tetitas”. Black miente, calla, oculta. Conduce y solo en su gesto podemos entrever que no está siendo sincero.

Little, Chirion y Black son la mima persona. O no. Son el mismo individuo que ha tomado decisiones que lo han llevado a cambiar, a modificarse, que le han dado una personalidad.

Moonlight, titulo original de traducción exacta, utiliza un mecanismo de relojería para hacer que la suma de las partes funcione como un todo a la perfección: cada plano de la película es de una belleza atípica, cuenta con un elenco de personajes secundarios – en un film eminentemente coral donde ningún actor aparece más de media hora – digno de cualquier premio de reparto, y hace un uso exquisito de la elipsis para en tres actos, identificados con una pantalla en negro y con el nombre del personaje como título blanco, contarnos el paso de la niñez a la adolescencia y finalmente a la adultez de Chiron, un pequeño afroamericano que tiene que aprender a vivir la dura realidad del medio en el que le toco nacer.

Tomando decisiones más que acertadas a la hora de hacer uso de los recursos cinematográficos que elige utilizar y apoyada en un guion que destaca por lo que cuenta pero principalmente por lo que oculta, Moonlight logra mantenerse en la memoria del espectador como un acontecimiento atípico en la cinefilia mundial, y principalmente americana, donde los temas que trata son aún taboo, taboo tristemente vigente a la luz de los últimos acontecimientos sociales y políticos. Es en el uso de la elipsis cuando la película nos da la mayor cantidad de información, confiando plenamente en el espectador, al que en ningún momento subestima. En las elecciones de los planos finales e iniciales de cada uno de los saltos temporales nos enteramos que sucedió con el pequeño Little, con el joven Chiron, con Black, los tres nombres que utiliza el personaje en cada una de las etapas de la vida que cuenta la película. Un cine comprometido con la realidad de un joven realizador que solo ha filmado dos películas. Motivos para festejar sobran, aunque el gusto que nos quede al salir del cine aún continúe siendo amargo.

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