Logan, de James Mangold

La primera vez que vimos a Logan en cine fue en el año 2000. Un muy joven Hugh Jackman se encontraba con Anna Paquin en una carretera y eran atacados por los mutantes de Magneto. Este personaje del universo Marvel sería la piedra sobre la que se construiría una de las sagas más redituables y largas de la historia de los tanques/franquicias. Cuando las películas de superhéroes no eran una constante en la cartelera de los jueves, cuando aún no eran noticia la batalla del universo Marvel y DC de la temporada, los X-Men llegaban para probar suerte y lograban quedarse en lo que constituiría una primera trilogía que comprendió X-Men (2000), X-Men 2 (2003) y X-Men The Last Stand (2006).

Luego de esta trilogía, y con un cierre que no estuvo a la altura de sus antecesoras, Fox intentaría probar suerte con el X-Men más carismático: Wolverine. Dos películas ampliaron el universo particular del mutante inmortal. The X-Men Origins. Wolverine (2009) es una película de superhéroes de iniciación. La clásica película que nos cuenta como adquiere poderes su protagonista, como lucha con ser distinto, como logra manejarlos, y cuales son aquellas bases sobre las que formará su escala de valores. En una escena anterior a los créditos conocemos como un joven Logan descubre que, cuando se enoja, unas garras sobresalen de entre sus nudillos, garras que utiliza para matar a su padre. En la escena de créditos conocemos como formó parte de batallón de cuanta guerra existió, acompañado de su hermano que tiene similares poderes pero no su fortaleza para manejar su instinto asesino. A partir de ahí la película narra la transformación de Logan en Wolverine. En el mutante que se encuentra con Rogue en un bar de la primera X-Men. La película fluctúa entre el telefilm y algún que otro hallazgo desde el punto de vista técnico, tal vez debido a un director – Gavin Hood – sin la suficiente pericia para hacer propio tamaño personaje. No obstante la película duplicó su presupuesto y se transformó en un modesto éxito comercial, razón por la cual los estudios dieron luz verde a su “secuela” y cambiaron de director. James Mangold entraba la cancha. The Wolverine (2013) no es una mejor película que su antecesora. Tiene problemas tan o más importantes que aquella, pero a diferencia de la película de Hood, cuenta con un mejor artesano que logra brillar en algunas escenas, pero para contar absolutamente nada. Aquí es el guion el que juega una mala pasada, aunque también, y principalmente lo es el género. Wolverine está lejos de ser una película de yakuzas o de ciencia ficción. Géneros entre los que se mueve Mangold. El resultado es una película plástica y fácilmente olvidable que no aporta nada al universo creado, y del que prácticamente se olvida.

Y finalmente llega Logan. Logan tan sucia y hermosa, tan perfecta en su tono y en su tempo que logra que nos olvidemos de todo lo que habíamos visto, que baraja y da de nuevo, y que solo en alguna que otra escena nos recuerda que está hablando del mismo Logan – la escena de los puros, la reacción de Logan ante la hospitalidad de la familia en el campo -, un mismo personaje, otra película. Aquí Magnold que repite en dirección pero firma también el guion y es productor ejecutivo, parece haber aprendido del error. Si en The Wolverine solo filmaba algo que estaba – mal – escrito por otra persona, en esta ocasión se hace carne del personaje, como un adolescente que leyó el comic y en su intento de mejorarlo aprende a dibujar y a escribir para superar lo leído, para superarse a si mismo. El ambiente crepuscular de un desierto americano futurista es el escenario perfecto en el que vive un Logan envejecido y vencido, al que solo lo queda la esperanza de un velero imaginario y de la vuelta al hogar después del trabajo, para aferrarse a lo único que le queda de ese pasado de mutante superstar, un viejo y senil Profesor Xavier, un excelente Patrick Stewart merecedor de todos los premios que puedan existir. En este escenario, muy similar al de Hell or High Water, película que también, como ésta, emulaba a los viejos western del cine clásico, Logan encuentra una nueva misión, acaso una no buscada, acaso la última, de la mano de una joven mutante – los mutantes están en extinción – con poderes similares a los de Wolverine.

Hay algo que sucede con todas las películas de superhéroes de un tiempo a esta parte, o desde siempre tal vez, que es que por aferrarse a eso que las hace únicas – la fantasía, los superpoderes, las amenazas más grandes que la vida – se olvidan de que están dirigidas a simples mortales. Cuando quieren agrandarse, generan un problema mayor, un villano más poderoso, amontonan trajes por docena, nos crean universos paralelos, nos confunden. Todas las películas estrenadas en los últimos años caen en este error. Esto genera un efecto inmediato de satisfacción que rápidamente hace lugar a una sensación de vacío, de ‘esto ya lo he visto’. Como un vaso de gaseosa dulce que nunca quita la sed. Tal vez la sensación es generada a propósito. Recuerdo la última película de superheroes que vi – Dr. Strange – y no puedo evitar recordar esa sensación y haber olvidado casi completamente cual era el conflicto, o cual era el villano. Me estaba drogando de una manera hermosa con una droga que tenía vencimiento: las dos horas y pico que duraba la película. Esto es todo lo contrario a lo que sucede cuando uno vive Logan, aquí no hay fuegos de artificios, aquí hay una historia que merecía ser contada – Logan, el personaje, merecía una historia como ésta – y gente comprometida para llegar a hacer un producto con vencimiento no perecedero.

Logan la película, pero aún más el personaje, es la historia menos Marvel del universo Marvel, y en esta ocasión han decidido hacerse cargo de esto y llevarlo hasta las últimas consecuencias. Logan es dura, crepuscular, oscura, amarga, pero también es una película feliz, una película que conoce cuál es su identidad y la asume sin ponerse ninguna mascara, ningún traje.

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