La Cordillera, de Santiago Mitre

¿Quién es Santiago Mitre? Un realizador argentino obsesionado con la grandilocuencia de las historias comunes. Nadie más y nadie menos que un secuaz de Pablo Trapero, uno de los nombres que resonaron a comienzos de los años 2000 cuando se empezó a hablar del “nuevo cine argentino”. Mitre es de una generación posterior a la de Trapero, pero contemporáneo en la profesión, y otro de los responsables del actual cine argentino y la representación que tenemos en el mundo. Pero me quedo con lo primero que mencioné: lo común y lo grandilocuente, en simultáneo.

Su nombre se hizo conocido con su primer largometraje llamado “El amor: Primera Parte” y terminó de instaurarse cuando fue uno de los responsables de guión de la multi galardonada “Leonera” de Trapero. Luego dirigió “El estudiante” con escasísimos recursos, ambientada en la Universidad más importante del país, logrando ganar varios premios dentro y fuera del país. Fue responsable de un mediometraje sin distribución llamado “Los Posibles”, hasta que en 2015 llegó “La Patota”, un remake de un clásico argentino de los años ‘60, y que lo llevó por primera vez a Cannes en donde ganó la Semana de la Crítica y el FIPRESCI.

Mitre en el 2017

Podría decirse que estamos transitando la edad de oro del director. Para rodar “La Cordillera” consiguió el aporte de productoras como Movistar+, Telefé, Kramer, etc, y la distribución de Warner. Sería mejor empezar a decir otras cosas del film, pero no podemos pasar por alto estos detalles tratándose de una película argentina de 6 millones de dólares, el doble de lo que costó Relatos Salvajes, pero con diferencias conceptuales abismales.

La Cordillera se presentó en el Festival de Cannes, en la sección Un Certain Regard, con todo lo que eso conlleva: captar miradas de los críticos extranjeros, ver por qué está en esa sección y no en competencia oficial, ver a quiénes lleva para posar ante los flashes, etc. Y hablando de flashes, quienes ponen las caras, son de primera línea: Ricardo Presidente Darín, Dolores Princesa Fonzi, Erica Fuseneco Rivas, etc.

Mitre y Mariano Llinás, los guionistas, nos quieren hacer creer que Hernán Blanco es un hombre común, de perfil bajo, que llegó a ser presidente de Argentina. Y acá podríamos desactivar nuestro sensores de asombro y sospecha, pero todos sabemos que al menos en Argentina, nadie con perfil bajo llega a ser presidente. Así como tampoco casi nadie que no haya visto al diablo, llega a ser presidente de nuestro país. Pero claro, este rasgo de Blanco se aclara cuando nos cuentan quiénes son sus pares: un presidente brasileño al que llaman “El Emperador”, una presidenta chilena que hace de anfitriona en casa, un presidente mexicano rebelde, etc. La cordillera es el escenario en el que le pasan cosas a Blanco, cosas extrañas, intrigantes, complicadas. Pero no tan sólo a Blanco, sino también a Marina, su hija.

Marina, está recientemente separada, de alguien que no terminamos de comprender si es una aparente viuda del poder, como se le llamaba antes en el periodismo a esa persona que no recibió su tajada, y que amenaza con hablar, o si es un opositor. Pero afrontar esta relación familiar con el poder, para Marina, es algo caótico, y atenta contra su salud mental. Marina lleva 10 años de estabilidad mental, y esos años se ven interrumpidos con la asunción de su padre, y con la separación de su pareja. Y el presidente Blanco, no tan sólo tiene que lidiar con esta situación por su hija, sino también por lo que amenaza con hacer su ex yerno. Por lo que frente a esa amenaza, que está por estallar en medio de la cumbre, Blanco decide que Marina tiene que estar con él, cuidada por su círculo de gestores de confianza.

Pero además de los conflictos internos y familiares, está la situación que los lleva a la cordillera, que es una cumbre de presidentes latinoamericanos, que se reúnen para consensuar principalmente los permisos de explotación petrolera en los países latinoamericanos, independientemente de Estados Unidos. Y Blanco, o Argentina, se debate entre inclinarse por los intereses del Emperador, por los intereses de centroamérica, o por los intereses norteamericanos. Todos estos hilos que se desarrollan hacen que la película suene ambiciosa, pero en realidad sólo tienen como objetivo preguntarnos – y no respondernos – quién es Blanco, y si Blanco obra por el Bien, por el Mal, por Él, o por quién. Blanco viene del interior, pero eso no lo hace blando. Blanco sabe más que nosotros, pero de lo que al menos yo estoy seguro es que Blanco toma decisiones sin entender su pasado, ni su futuro. Blanco es camaleónico, puede ser paternal así como también sumamente frío.

Mi problema con la película es similar al problema que tiene Marina con su padre. Su padre también es su presidente, pero un presidente que ella no se cree, o al que no respeta como tal aparentemente. Y creo que si el presidente que Mitre está tratando de mostrar, hubiese sido otro, y no el argentino, hubiese sido creíble. O aún más, si todos estos conflictos, hubiesen sido los de un empresario, o los de un hombre realmente común y corriente, sus conflictos hubiesen sido creíbles, y sus resoluciones me hubiese resultado menos arbitrarias y accidentales, y más realistas, porque el mal por sí solo, también es una motivación que lleva a Blanco a tomar decisiones, que no necesitan ser justificadas. Si el diablo existe, y Hernán Blanco lo vio un par de veces, no hace falta que lo verbalice. Hay algo cacofónico y romántico en el lenguaje de la película, que nos da poca información, pero al mismo tiempo la más obvia. El logro de Mitre, y Llinás, es visible, pero no radica en la prolijidad que lograron, sino en las ideas que cuestionan. Mi problema con la película es su lenguaje, y su lengua, cosa que también es destacable. Pero La cordillera puede valerse sólo con esto y no apuntar a ser el thriller dramático político nacional que Argentina y su cine no necesitan, porque no necesita grandilocuencias para hacer cosas grandiosas con lo común, como Mitre venía haciéndolo.

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