Kong: La Isla Calavera, de Jordan Vogt-Roberts

El primer recuerdo cinéfilo que tengo es una imagen de un mono gigante que baña en una cascada a una joven rubia sosteniéndola en la palma de su mano. Poco recuerdo de esa otra película – Las aventuras de Chatrán – en aquello que existía en los ochenta y que llamaban matiné de cine continuado. Lo que si recuerdo es esa mezcla de terror y aventura que me produjo que el cine me mostrara algo más grande que la vida, algo más enorme que las imágenes de esa pantalla gigante. Ahora no sé por qué en aquel cine de pueblo proyectaban una película japonesa de 1986 junto a una remake setentosa de una película de culto de 1933, pero agradezco que mis padres desconocieran completamente cuál era el argumento de la película del simio gigante y solo se guiarán por el dulce gatito al momento de llevarme al cine.

Después de esta experiencia vinieron muchas más, pero cuando recuerdo cual fue mi primera sensación cinéfila me acuerdo de Jessica Lange y de King Kong. Mucho tiempo después, pasados los 2000 me desilusioné con una, otra, remake de King Kong dirigida por el ganador del Oscar Peter Jackson. Una película demasiado larga y que no innovaba en nada lo que habían planteado las primeras películas. Todo era más grande, y había un Tyrannosaurus Rex, pero no sumaba mucho más.

Hoy, en el 2017, se estrena una nueva película de King Kong, Kong: La Isla Calavera, y el universo es el mismo. Aquí también hay una isla inexplorada, un equipo de expedición, una joven rubia, un mono gigante, nativos que temen al mono, una fauna desconocida y, casi, las mismas aventuras. Pero. Pero algo cambia, es como si nos contaran el mismo cuento y se tomaran todas las licencias habidas y por haber. Caperucita lleva una capucha negra, la abuela es una ninja que le hace frente al lobo, el camino más largo es el más divertido y así. La película elige olvidarse de todos los personajes, no le importa ninguno excepto el personaje interpretado por John C Reilly que por otro lado es el único personaje “nuevo” que no estaba en las películas anteriores, para centrarse solo en Kong, un Kong más enorme y estilizado que sus versiones anteriores. Solo nos importa Kong y lo demás está allí para complementarlo y para hacernos la fiesta más interesante. Con una fotografía eléctrica y con guiños a las anteriores películas y a cierto cine bélico Kong: La Isla Calavera es una fiesta que arranca con la imagen del afiche promocional, con los helicópteros llegando a una isla donde el sol y las tormentas son enormes. En el medio nos empalagamos con aventuras que incluyen arañas gigantes, a Tom Hiddleston y una espada – la escena más “fumada” de la película -, a una rubia feminista, un grupo de militares que están para que los veamos morir de las formas más imprevistas, lagartos que parecen salidos de películas de Harry Potter, y más.

Kong se disfruta porque elige, aún conociéndola, olvidarse de su herencia. La historia del cine ya ha sido contada, aquí solo cambiamos el tono del cuento, y celebramos eso.

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