Elle, de Paul Verhoeven

Elle es una película de vanguardia que llega tarde. Y este llegar tarde tal vez sea el único defecto de una propuesta perfecta. Defecto que, además, le es ajeno a la obra. Llega tarde, en Argentina, por qué se ha estado hablando de Elle desde mayo del año pasado cuando hizo su estreno en la competencia oficial del Festival de Cannes, y automáticamente se convirtió en la favorita de los críticos con los puntajes más altos en las páginas especializadas en el festival. A partir de ese momento fue cobrando más notoriedad cuando, no obstante haberse ido con las manos vacías del festival, fue ganando premios en la temporada hasta culminar con dos Globos de Oro – mejor película extranjera y mejor actriz – y una nominación al Oscar, sorpresivamente no fue nominada a película extranjera – a mejor actriz para una impresionante Isabelle Huppert.

Llega tarde porque el tema que aborda, o mejor dicho, el tono y la posición del tema que aborda debería haber sido tratado antes en el cine, o por lo menos más seguido, de forma tal que no nos escandalicemos cuando una película como Elle logre romper los tópicos más conocidos en el género y patear el tablero. Michele Leblanc – Isabelle Huppert – es una ejecutiva de una empresa de videojuegos que luego de sufrir un fuerte ataque en su casa se ve obligada a replantearse determinados aspectos de su vida. Y aquí es donde Elle elige ser distinta. Porque las decisiones de esta mujer sola, mayor y autosuficiente, no son las decisiones que el imaginario colectivo tomaría ante situaciones similares. O mejor dicho, utiliza esta situación para, lejos de victimizarse, convertirse en una heroína atípica. La película se aparta de los géneros a los que podría aferrarse para ser clásica (drama, suspenso) para contar otra cosa, para mostrar otras posibilidades, finales y elecciones alternativas de una vida que puede ser tan diversa como diversos son los seres humanos en general y las mujeres en particular.

Este mes se estrenó la serie Freud que, ficcionalizando la mala relación que tenían Joan Crawford y Bette Davis durante la filmación de ¿Qué pasó con Baby Jane?, habla de la dificultad que tenían en el Hollywood de oro las actrices “mayores” para lograr buenos papeles en la meca del cine. Y hoy hablamos de una película protagonizada por una joven actriz de sesenta años que conquistó el mundo (primero a los directores de vanguardia, luego a la crítica y finalmente al público) y que puede elegir papeles como el de Elle, papeles arriesgados que muestran al mundo otra realidad, o una realidad, que no es la de la típica mujer mayor a la que Joan Crawford o Bette Davis podían aspirar hace cincuenta años.

Elle llegó tarde, al cine y a los cines argentinos. Esperemos que propuestas tan arriesgadas sean tan bien recibidas por estas pampas como lo fueron en el mundo, y que los distribuidores puedan tomar estos riesgos más seguido, y mas pronto.

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