Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Blade Runner (1982) es otra de esas películas hoy consideradas de culto, que en su momento sufrió la taquilla, fue casi ignorada durante sus semanas en cartelera. Años después, cuando el film cobró más importancia dentro de su género, Scott explicó que Blade Runner no estaba hecha para ser un éxito de taquilla (como así tampoco la novela en la que está basada lo fue para su publicación), sino que fue más bien un capricho en la época que sus productores le dejaron hacer. No podía desaprovechar la oportunidad, sus colegas no la tuvieron, por tener productores más entrometidos en sus tramas (como Spielberg, Lucas, Scorsese, o incluso Carpenter). En el año en el que se lanzó la película, eran inevitables las comparaciones con las otras sci-fi, principalmente Star Wars, pero no habían paralelismos posible, y Scott también dijo que Blade Runner compartía más cosas con el sci-fi anterior a Star Wars, más clase B y más estilo ciberpunk como la novela original.

[Brevemente] Blade Runner (1982) se sitúa en el año 2019, con una realidad distópica de post-guerra, y post lluvia radioactiva que destruyó cultivos y animales. La empresa Tyrell fabricaba replicantes, androides que modelo tras modelo se parecían cada vez más a los humanos, al punto tal de no identificarse diferencias en la generación llamada Nexus 6. El modelo es sacado de circulación, pero un grupo de replicantes con instinto de supervivencia llega a Los Ángeles escapando de su captura. Deckard (Harrison Ford) es un policía que se encarga de identificar y atrapar replicantes. Hacia el final del film la incógnita pasa a ser si Deckard es o no un replicante.

El actual film, dirigido por Villeneuve, se sitúa como lo dice su título en el año 2049. El agente K (Ryan Gosling), un policía replicante autoconsciente – cosa que refuerza la incógnita que nos deja la anterior, pero no la responde – tiene la misma tarea que Deckard. Tyrell cae, y es comprada por otro magnate llamado Niander Wallace (Jared Leto). La locación es la misma, Los Ángeles, y la oficina de policía que sirve a Wallace para la tarea de encontrar replicantes, está liderada por Joshi (Robin Wright).

K encuentra a un granjero, Sapper (Dave Bautista), y en su propiedad una caja enterrada con huesos, que luego de un análisis descubren que se trata de una replicante que fue madre. Y aquí me detengo con el desarrollo de la trama porque se develan una serie de preguntas que, luego de ver las dos películas, se pueden hacer a viva voz, y que hasta el momento nos cuestionabamos con miedo para no denotar poco entendimiento. Nos encontramos con planteos existencialistas que estaban en la primera película, pero ésta se detenía en el desarrollo de una historia, de una historia visual. En la Blade Runner de hoy, empezamos a mirar hacia los costados, preguntando qué es un humano, quién es humano, y quién tiene alma. Nos preguntamos también en qué momento se vencieron las barreras de la tecnología creando replicantes que no tan sólo podían ser confundidos con humanos sino que además hacían lo mismo que un humano, incluso procrear. Durante todo el film hay un vaivén constante de preguntas que se hace K al igual que nosotros: puede él sentir o no, y qué es lo que siente cuando siente.

K es bautizado luego como Joe, por Joi (Ana de Armas), el holograma que hace de esposa para completar el cuadro clásico del policía de Los Ángeles. K es demasiado humano para ser replicante, y demasiado replicante para ser humano, y todo el film tiene ese ida y vuelta. Es un personaje que retrata a la perfección esa duda existencialista de la que hablábamos, lleno de tormento y opresión. Y es tan fácil empatizar con su pesar, que no sabemos qué bando tomar.

Con guión de Michael Green y de Hampton Fancher (guionista de la primera), Blade Runner 2049 no se propone un revival de la película de 35 años atrás, y tampoco se encasilla en la categoría de secuela. Sino que tiene una sensación de continuidad que dudo que podamos ver en otras películas que trascendieron tantas épocas y generaciones distintas en el cine. Más allá de esto, la película no recurre a la repetición o copia de patrones presentados en el primer film, y allí hay otro logro que es ya del director: cuando vemos Blade Runner vemos una película de Ridley Scott, y cuando vemos Blade Runner 2049 vemos una película de Denis Villeneuve. Todo eso que fue elemental en 1982, lo es también en el 2017 pero de otra manera, y con una firma de puño claro y preciso: la creación de espacios, escenarios y ambientes fríos, desolados, minimalistas, incluso en el mundo contaminado de luces y relieves; el tumulto de personas pero la casi inexistente y nula compañía; la opulencia de las estructuras pero la pobreza en los decorados; la escasez de recursos y la importancia del agua. Blade Runner 2049 es toda una experiencia con un sonido y música inmejorables, con una fotografía perfecta (a cargo del fotógrafo multi-nominado al Oscar Roger Deakins), con un guión digno para su historia, y con interpretaciones y desarrollos de personajes atípicos en su género.

Si bien su presupuesto y su marketing no lo demuestran, Blade Runner 2049 no es una película para las masas, y no está mal que no guste, es una película excesivamente larga, con muchas curvas pronunciadas en los niveles de tensión, para nada lineal, y rara de encontrar en el sci-fi del 2017 que tiene ritmo y compás completamente distintos. Villeneuve parece haberse despojado de todo imput, y como fiel amante de la historia, la retoma sin importar escalas, tiempos y esquemas. Y contrario a lo que otros dicen, se ve en Blade Runner 2049 que hay un director que quiere y cree en sus personajes, y que es un director emocional, cosa que otros colegas de género no comparten.

Una de las cosas más importantes hoy es conectar, ya sea con el director, con los actores, con los secundarios, con la historia, etc. Es tal vez más importante eso, que gustar sólo de la estética, de la música, de la fotografía. Lo que tal vez en Blade Runner 2049 divide aguas es la narrativa y la lingüística de la película. Y una de las cosas que amo es hablar de este director, y al mismo tiempo hablar de lengua, de lenguaje, de lenguaje visual, de lenguaje audiovisual, de discurso, de narración, de género, etc., algo que no podemos hacer con muchos otros directores actuales. Y son todas estas cosas las que hacen que a la película no tan sólo le perdone la duración y la lentitud, sino que también se las agradezca. En un cine que se preocupa tanto por el impacto y por contar la mayor cantidad de cosas en el menor tiempo posible, es menester que la historia y lo audiovisual sean congruentes a fin de amortiguar ese golpe, y que no sea algo que nos traspase o nos resbale, sino que en cambio se quede con nosotros y nos deje ese sabor largo.

Ryan Gosling demuestra una vez más no ser sólo una cara bonita, una persona querible, o el actor de La La Land. Es también un actor versátil, con el que podemos conectar o no, pero si revisamos sus comienzos y vemos su actualidad, es un actor que maduró, que elige bien lo que quiere hacer y se compromete con eso, y que entrega mucho. Con un título pesado como el de Blade Runner, de 35 años de polvo encima, con un co-star como Harrison Ford (con poco tiempo en pantalla), con un director tan carismático y conceptual, y con el antecedente más próximo que tiene que es el del tuxedo de jazz y el banco del piano, decirle sí al rol de K, era tomar un riesgo, pero que lo hizo con una docilidad que pocos actores prometedores tienen. Merece un párrafo porque empaticé con cada uno de sus personajes hasta hoy, con el romántico de The Notebook, con el abogado engreído en Fracture, con el suicida en Stay, y con el apasionado por el jazz, etc.

El director quebequense nuevamente hace lo que a mi en lo personal me gusta y valoro: deja más preguntas que respuestas, y ese es un realizador que pone todo lo que se tiene que poner para que el espectador complete y arme la jugada a su manera. Sabe lo que quiere decir y hasta dónde quiere decir, pero no es el soberbio que nos dice de más y nos subestima. Es un autor que compone cuadros y secuencias, que ensambla como ningún otro piezas de sonido y fotogramas, y que juntos o separados, cada uno de esos elementos tiene sentido, funciona por sí sólo, y está meticulosamente diseñado para emocionarnos y descomponernos al mismo tiempo. Y lo que logra con Blade Runner 2049 es una unidad, que si bien depende de la primera, se hace valer por sí sola. Sin el halo de franquicia, que todos le quieren dar para explotarla comercialmente, esta es una película que, de no existir la anterior, funcionaría y causaría el mismo estupor y la misma desolación.

10 Stars (10 / 10)

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