Atomic Blonde, de David Leitch

¿En quién pensamos cuando pensamos en un agente de inteligencia del MI6? Gracias al imaginario que crearon personajes como James Bond, Ethan Hunt, o Jason Bourne, pensaríamos en alguien de género masculino. Difícilmente pensemos en Carrie Mathison (Homeland) o en Elizabeth Jennings (The Americans), de hecho luego de leer sus nombres, más de una persona se cuestionará si son agentes de inteligencia. Porque cuando se trata de espías, intérpretes o agentes que tienen que usar la fuerza, se piensa en hombres. Por muchos motivos siempre se pensó en el hombre como alguien ágil, rápido para pensar, rígido pero versátil, etc. La siguiente pregunta aquí podría ser ¿es errado pensar así?

Mientras pensamos, vamos a hablar de Lorraine Broughton, una rubia a la que todavía no sé si llamarle atómica, pero sin dudas es explosiva. Lorraine trabaja para MI6, es una agente de inteligencia, dotada de una delicada destreza para patear culos, y que tiene una misión a realizar en la Alemania de la guerra fría, precisamente a días de la caída del muro. Lorraine tiene una actitud y carácter bastante bien definidos, como decía, delicada para moverse pero con la suficiente destreza para defenderse, a ella y a otros al mismo tiempo. Al comienzo es algo irascible, no quiere andar con rodeos, sabe por qué la enviaron a esa misión: hay un agente desaparecido, y el desaparecido en cuestión, es alguien que no podríamos aseverar que tiene la capacidad de ablandarla, pero sabemos que la fragiliza, la vuelve algo débil, o es lo que al menos interpretamos en una mirada y un cambio de gesto en la cara de la grandiosa Charlize Theron. Y junto con el desaparecido, desaparece información de valor para el MI6.

Reino Unido ya tiene a alguien trabajando en el territorio: Percival. Y a David Percival le gustó tanto Europa del Este que se adaptó muy bien a sus tejes y manejes, y a la noche de ese lado europeo. Percival sabe mucho, y Lorraine lo sabe. Y quien también sabe, no mucho pero lo suficiente para completar este triángulo de fuerzas y movimientos, es Delphine Lasalle, la equivalente a Lorraine, pero del lado francés. Porque con 3, hay quilombo asegurado.

Contar más es spoilear. Pero acá lo importante es que la cuota de pantalla se distribuye entre la rubia y la morocha, dos que no necesitan testosterona. Porque la testosterona que ya hay en pantalla es la movió el tablero, pero la rubia y la morocha lo patearon y lo incendiaron. Lorraine y Delphine tienen una química en pantalla pocas veces vista, y es tan fuerte, que lamentablemente es poca, insuficiente. Los pocos minutos que tienen en pantalla con piel e interacción, se agradecen, pero hay que decir que son insuficientes. Si bien Delphine eclipsa con su imagen, no llega a darle al nudo el equilibrio que le falta. Porque si hay algo que Atómica hace mal, es depositar toda su fe sólo en un personaje, que por momentos tiene un sabor masculino. Lorraine tenía todo, pero el guión tal vez peca por exceso, por querer darle más testosterona a Lorraine, cuando con su feminidad era suficiente. Y así se desbalancea Atómica, entre los excesos y lo insuficiente.

Con un ritmo narrativo y una musicalización y edición excelentes, con un cast sumamente virtuoso, y con un director que entiende del género, extraña que Atómica pierda efectividad, que pierda el sabor largo en la boca que podría tener, que no perdure en la retina. Y, si bien tiene mucho de lo bueno,  lo que molesta, es que al menos yo, esperaba más, de una película tan necesaria para competir (o no) con las otras en donde los patea-culos son hombres.

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